La sostenibilidad de la que todos hablamos (y empieza por nosotros mismos)

No habrá crecimiento si no es sostenible, la sostenibilidad tiene que presidir toda la gestión empresarial, lo que no sea sostenible no será… Nos hemos acostumbrado a escuchar este tipo de afirmaciones desde cualquier ángulo, en prensa, en discursos, a empresarios, a políticos… Es como un mantra al que nadie se resiste. Estudios recientes nos dicen que el 73% de los empleados piden a sus CEOs que hablen de ello, el 84% de los inversores le dan preferencia, los consumidores lo exigen, las cadenas de suministro se transforman y los reguladores están atentos. Efectivamente, la sostenibilidad ya no es una declaración de intenciones. Es un imperativo. Pero también una oportunidad.

En realidad, esta acepción ya universalizada del término sostenibilidad hace referencia a los criterios ASG -ESG por sus siglas en inglés, environment, social, governance. Que no son nuevos. Tienen casi 50 años y su origen viene de las protestas estudiantiles en Estados Unidos con motivo de la Guerra del Vietnam, reclamando que no se invirtiera en empresas militares. Se hicieron adultos estos principios en los años 90, con su adopción por parte de la ONU y la creación del Dow Jones Sustainability Index, el primer índice que valora a las empresas cuyas inversiones tienen un componente ético. Pero es ahora cuando asistimos a su verdadera y todo indica que definitiva consolidación. ¿Qué ha cambiado en nuestra forma de entender la sostenibilidad?

En primer lugar, que de los citados criterios, hasta hace bien poco se tomaba casi exclusivamente la “E”. Por sostenibilidad se entendía respeto al medioambiente, actuaciones que preservaran el entorno o que, por así decirlo, no “hicieran daño” a los ecosistemas naturales. Ahora ya contemplan las otras dos letras: la “S”, que tiene que ver con el impacto social de las actuaciones, el fomento de la inclusión en todos los aspectos, la responsabilidad con que el crecimiento y el desarrollo no dejen a nadie atrás; y la “G”, que apela a la integridad, la transparencia y los códigos de conducta tanto de empresas como de gobiernos y otras entidades públicas y privadas. Es decir, ya no hablamos sólo del cambio climático -que sigue siendo un desafío crucial- sino también de ODS, economía social…

En segundo lugar, ha cambiado sustancialmente la forma en que las organizaciones abordan sus políticas de sostenibilidad y el peso que éstas cobran. Hasta ahora, respondían en muchos casos a una actitud, digamos, altruista o políticamente correcta. Bien había que atenerse a requisitos legales, bien existía la necesidad de transmitir una imagen de conciencia y responsabilidad. Se puede decir que era comunicación, por un lado, y prevención de riesgos, por otro. Y ahora es muy diferente. Es toda la estrategia de la organización, desde todos sus ámbitos, la que debe impregnarse de los criterios de respeto al entorno, a las personas y a la propia conducta.

El contexto pandémico que vivimos desde hace más de un año y medio ha enfatizado la tendencia, como otras muchas que se han acelerado. Pero algo ya se estaba moviendo. El Foro Económico Mundial señala 10 áreas de mejora en otros tantos ámbitos, que podrían conducirnos a un futuro más resiliente. Van de la transformación del mundo corporativo a abandonar la idea de dejarlo todo a los designios de los mercados, pasando por valorar los trabajos que realmente son esenciales. Pero, bien mirado, ¿no nos hubiéramos planteado muchas de estas propuestas antes de encontrarnos con el Covid?

Para las empresas, ya no se trata sólo de actuar con conciencia sana y ética por cuestión de imagen, sino de un factor diferencial para su negocio. Volvemos a citar al Foro Económico Mundial, que prevé que si las compañías priorizan la sostenibilidad ambiental -insistimos, uno de los tres criterios ESG- podrían crear oportunidades de negocio por 8.700 millones de euros y 395 millones de empleos en los próximos 10 años. ¿Por qué, además de responsable y benefactor, es fuente de negocio? Básicamente, porque los clientes ya no es que lo valoren positivamente, sino que lo exigen. Y los inversores, que saben dónde ponen su dinero, tienen claro que esas empresas son las que tienen futuro y serán rentables. Además, lo demandan los empleados, los gobiernos, las nuevas generaciones… Una reciente encuesta auspiciada por la Unión Europea entre jóvenes europeos entre 15 y 35 años, revela que el 83% cree que los hábitos de consumo actuales no son sostenibles y debemos evolucionar hacia un modelo de vida más respetuoso con el planeta. Ya no es una elección, sino una cuestión de supervivencia.

Hoy la sostenibilidad preside las decisiones empresariales, las políticas de recursos humanos, la estrategia de marca… y por supuesto, la comunicación. Pero es verdad que no todas las empresas parten de la misma posición. Están, por un lado, las que operan en sectores que no se veían directamente concernidos por criterios de sostenibilidad, pero ahora han de contemplarlos en la medida en que esos criterios amplían su presencia y tienen que ver, por ejemplo, con la contratación de personas o la composición de los consejos de administración. Y están, por otro lado, las que, por su propia actividad, siempre llevaron en su ADN los principios de compromiso con el entono, con la comunidad y con la gente. Vienen también las que ven en la sostenibilidad una oportunidad de negocio, y de hecho consultoras como Forrester establecen pautas de seguimiento y retorno de inversión. Pero otras estiman que, más que tal oportunidad, el negocio no es más que la consecuencia.

Por supuesto, la tecnología no es ajena a este movimiento. Diríamos, de hecho, que es una de sus grandes protagonistas. Daría para un capítulo aparte hablar de su papel y del debate en torno a su uso ético y responsable. Pero vamos a apuntar aquí este informe, difundido por el Pacto Mundial en 2019, que establece siete formas en las que las tecnologías puede contribuir a los ODS: 1. Promoviendo el acceso a la información; 2. Facilitando el análisis y recolección de datos; 3. Favoreciendo nuevos modelos de negocio; 4. Incrementando la financiación mediante plataformas digitales; 5. Desarrollando nuevos modelos de realidad; 6. Ofreciendo productos y servicios adaptados; y 7. Aprovechando debidamente el potencial de la robótica, la impresión 3D y la inteligencia artificial.

En definitiva, hablemos de negocio, exigencia o subsistencia, lo sostenible ya es una prioridad en las organizaciones, en nuestro trabajo y en nuestras vidas. Básicamente, se trata de que lo que hagamos tenga un buen impacto en el planeta y en todo lo que forma parte de él. Los océanos, los bosques, pero también las ciudades, las personas y nuestros propios actos. Nos lo demandarán, pero, ante todo, nos lo debemos demandar.

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