Un día en las regatas

Mientras conducía, el pasado viernes 17 de septiembre por la mañana temprano, hacia al Real Club Náutico de Madrid, en el Pantano de San Juan, iba pensando que navegar a vela (que es una de las muchas cosas que me quedaban por hacer) realmente tiene mucho que ver con lo que hacemos en el mundo de la tecnología en general y en Esker en particular, así que aquella actividad, preparada por nuestros compañeros de Marketing para que todos pudiéramos reunirnos, sentirnos un equipo, olvidar por un momento los rigores de la pandemia y pasar un buen rato juntos, me pareció especialmente oportuna.

Cuadro de mando (o, como dicen los franceses, tableau d’abord, cuadro de a bordo), bitácora, navegador… son muchas las expresiones acuñadas en nuestro sector que hacen referencia a la navegación, y es justo que así sea. El primer interfaz gráfico de usuario de la historia de la humanidad fue, seguramente, la aguja de marear de los viejos barcos de vela que llevaron al hombre a recorrer el mundo sin más ayuda que el viento, el magnetismo terrestre y el principio de Arquímedes. Hace apenas unos días tuve la ocasión de participar yo mismo en un evento donde abrí mi presentación con el símil entre la navegación y la función ejecutiva, y hablé de cómo las nuevas tecnologías pueden ayudar a los responsables de las empresas a “pilotar sus naves” en medio de las tormentas del presente, donde la brújula es ahora un cuadro de indicadores en una pantalla y la línea de crujía es la cuenta de resultados.

Pero basta ya de nuevas tecnologías. Yo he venido aquí a hablar de barcos de vela y de regatas.

En el Club Náutico, ya en compañía del resto de eskerianos y después de que Paloma, de Go2Do, nos recibiera amablemente, nos dimos cuenta de que el día (cielo azul, sol brillante) estaba estupendo para casi todo menos para las regatas, porque no soplaba ni una gota de viento. Antes de embarcar nos habían preparado un desayuno sensacional en una terraza con unas espectaculares vistas al pantano, aunque no faltó quien advirtiera que, en un barco, todo lo que entra por la boca puede salir por el mismo sitio y con idéntica facilidad. Y aún nadie nos había enseñado que, en ese trance, es mejor maniobrar por el lado de sotavento.

Mientras desayunábamos, acompañando algunos la tortilla con Biodramina, otro miembro de la organización, Ernesto, nos contó por encima la curiosa historia del Real Club Náutico de Madrid (la mera existencia de un Club Náutico en plena meseta es ya un hecho bastante curioso), nos repartió por equipos y nos instruyó brevemente sobre el desarrollo de la sesión, que consistiría en una regata donde los diferentes equipos, acompañado cada uno por un patrón del Club, competiríamos entre nosotros. He olvidado decir que aquella mañana pude conocer por fin en persona (cosas del teletrabajo y la nueva normalidad) a los tres últimos fichajes de Esker, María, Belén y Miguel, y que éste último me había comentado en un aparte que estaba preparándose para obtener el título de patrón de embarcación de recreo. Desde ese momento me convertí en su sombra, porque si de competir se trataba, estar en el mismo barco que Miguel era claramente una ventaja, y a mí no me gusta perder ni a las chapas. Por si fuera poco, ya Jorge y Patricia iban presumiendo por anticipado de la victoria de sus equipos en el día de las regatas, que daban por segura. Y eso había que verlo.

Así que me enrolé en la misma tripulación que Miguel junto con Marta, David y nuestro patrón, Ángel, de “Viva la vela”. Una tripulación con la que ir al fin del mundo. Aunque debo confesar que, mientras recorríamos el pantalán, iba algo preocupado por una observación de Miguel sobre la conveniencia de reducir el peso de la embarcación todo lo posible, porque, aunque mis compañeros de tripulación eran ligeros, yo no soy precisamente un peso mosca. Sin embargo, al ver un poco más allá cómo el barco de Carlos se escoraba peligrosamente al subir él a bordo, me dije a mí mismo que, si la cosa se iba a decidir por el peso, casi seguro que íbamos a evitar llegar los últimos.

Una vez en el barco, nuestros temores se confirmaron: la calma chicha era total, tanto que el día de las regatas tuvo que suspenderse porque la entrada de la brisa se preveía para, por lo menos, las dos de la tarde, que era casi la hora de marcharnos. Haciendo uso del motorcito fueraborda, Ángel llevó el velero hasta el centro del embalse y, en lo que el viento llegaba o no llegaba, nos instruyó sobre las maniobras básicas y los nombres de las distintas partes del barco. Mi cultura náutica se reducía a la lectura, muchos años atrás, de Moby Dick y la Isla del Tesoro, a un par de documentales del Canal Historia y a “Master and Commander”, la gran película de Peter Weir, de modo que, aunque casi todos los nombres me sonaban, no conocía el significado de prácticamente ninguno.

En ausencia de viento, decidimos que bañarse era una alternativa razonable a navegar. Marta y yo veníamos preparados, con nuestro bañador y todo; Miguel no, así que se bañó en calzoncillos; David, como buen financiero, comprobó la temperatura del agua, hizo su análisis de coste-beneficio y, finalmente, aplicó el principio de precaución. Es decir, que no se bañó. El agua, sin embargo, estaba menos fría de lo que cabía esperar y en seguida empezó a saltar gente de todos los barquitos que componían nuestra expedición.

Con precisión germánica, el viento se presentó a las dos en punto y pudimos, al fin, navegar, navegar de verdad. Ángel nos repartió de modo que todos pudimos manejar por turnos cada elemento del barco (las drizas, las escotas y la caña del timón) y ayudar así a mantener el barco en movimiento. Y lo cierto es que la sensación de navegar sin otra ayuda que el viento es indescriptible. En ocasiones, los cuatro miembros de la tripulación conseguíamos trabajar como un verdadero equipo siguiendo las instrucciones de Ángel, y el barco, escorándose como los barcos de las películas de piratas, volaba sobre el agua. Fue una lástima, por cierto, que la competición del día de las regatas prevista en un principio no pudiera celebrarse, porque nuestro barco demostró ser el más rápido y nuestra tripulación la más hábil. No hagáis caso a quien os lo cuente de otra manera.

Yo creo que, cuando saltamos a tierra, todos nos habíamos quedado con ganas de más, de mucho más. La singladura se nos había hecho muy corta. El día de las regatas, sin embargo, aún no había terminado. Nos fuimos todos a comer justo al lado del Club, en un restaurante con una terraza situada en un alto junto al embalse, así que comimos igual que habíamos desayunado, con unas vistas fantásticas. Antes de comer, eso sí, a Coralie se le activó el detector de basuras porque, si no, no sería Coralie, y se bajó a la orilla a retirar un par de bolsas de plástico. Después de la buena acción del día, nos metimos una buena paella entre pecho y espalda mientras charlábamos de lo divino y lo humano. Entre los barcos, la paella, el agua y el sol, casi me sentí transportado a mi Valencia natal.

El sol se ocultaba ya por detrás de los cerros que rodean el embalse cuando enfilé el coche de vuelta a casa. Mientras conducía, ya no pensaba en las semejanzas entre la navegación y las tecnologías. A decir verdad, pensaba en lo bien que lo habíamos pasado todos juntos, en lo divertido que es volver a compartir un buen rato con los compañeros ahora que la pesadilla de la pandemia parece disiparse poco a poco y, sobre todo, pensaba en cómo iba yo a decirle a mi mujer que me quiero comprar un barco de vela tras un día en las regatas.

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