El “Padrino Búfalo” y el abuelo de Chencho: ellos sí saben de gestión de recursos

Con el fun, fun, fun, llegarán a nuestras pantallas los sorteos de lotería, el Especial Navidad, la Nochevieja a Cachitos, los conciertos, el cine… Confieso que he buscado los canales que pueden regalarme buenos ratos de cine clásico con películas ya míticas como Mujercitas y ¡Qué bello es vivir! O con joyas del cine español como Plácido y La gran familia. Cómo no recordar el corte de pelo de Jo March, el beso de George al pomo desencajado de la barandilla de la escalera de casa cuando vuelve agradecido por vivir, el frío berlanguiano recorriendo las escenas de Plácido y, en fin, la pérdida del pequeño Chencho en Nochebuena. Aunque mi personaje predilecto de La gran familia es Juan, el padrino. Un tipo que se las sabe todas en la gestión de recursos y en satisfacer a los clientes de su pastelería… y de la numerosa familia de su hermano Carlos.

Usted me entiende, ¿verdad?

Juan quiere ofrecer la mejor experiencia a los clientes cuando, con un alarde de lógica, explica a su empleado cómo gestionar el producto: «Primero se sacan los de ayer. Cuando ya no quedan ninguno de ayer se sacan los de hoy, así los que sobran de hoy quedan para mañana y si no, podrían quedar para mañana los de ayer, entonces serían de anteayer. ¿Usted me entiende, ¿verdad?».

Genio y figura, cuando el pluriempleado pater familias de su hermano le pide: «Ponte en mi lugar», Juan le contesta también con lógica aplastante: «No quiero, tengo el mío». No es por quitar el hombro, es que realmente ya tiene lo suyo al consentir que sus sobrinos asalten la pastelería camino del colegio y regalarles siempre caramelos (aunque se cuelen algunos de menta, que algún defecto tiene que tener el hombre) o turrones y peladillas en Navidad… Sobre todo, sabe que sólo él puede costear los gastos extraordinarios de la gran familia y apañarse para sacarles las castañas del fuego. Eso que no es nieto de Rockefeller ni cuñado de Onassis. Sin su padrino, los sobrinos no habrían tenido vestidos de comunión, ni uno de ellos, Críspulo, habría hecho uno de sus barbarismos fabricando la tarta del evento… y provocando la indigestión general. Y en fin, también gracias a Juan, pudieron celebrarlo con la mejor marca de puros.

Sin embargo, el pastelero no sacaría todo el rendimiento a su gestión de recursos sin ayuda de su novia Paula. Él, todo ufano, exulta con las cestas de Navidad que ha preparado: «¡Preciosas, han quedado preciosas! Nunca consigo ganar dinero con estas cosas. ¡Pero quedan tan bonitas!». Paula, que para eso sí que es una “lagarta”, le hace poner los pies en la tierra: «De momento ya ganas, con lo que ha sobrado hay para cuatro o cinco cestas más». Como Juan sigue sin entender, le explica: «Claro, hombre, menos peso y más faramalla, que es lo que interesa. Menos raciones de lomo y más de vista».

Ya sé que es una gota en el mar. Pero el mar se hace de gotas

Ciertamente, el Padrino es el mejor sponsor para los eventos significativos, pero no hay que obviar la valiosa contribución del Abuelo para sufragar los gastos ordinarios de la numerosa prole de su hija: «Ya sé que es una gota en el mar. Pero el mar se hace de gotas». Afirma esto porque comparte, como él dice, «el triste destino de los jubilados: jo-ro-ba-dos, la misma palabra lo dice. No deberían jubilar más que a los viejos». Su actitud crea cultura, pues Antonio, el hijo mayor, también aporta dinero a la familia por su primer trabajo en las vacaciones navideñas.

Pues sí, además del Padrino, el Abuelo también sabe de gestión de recursos y economía. De hecho, aconseja sabiamente a su yerno animándole a comprar un televisor. «Si los venden a plazos. Compre cuando quiera y pague cuando pueda», le dice aun esperando la respuesta que va a recibir de Carlos: «Pues ahí está lo malo, que yo no puedo». Esto, el Abuelo lo entiende, tendrán que seguir dependiendo de los gustos televisivos del vecino y de si corre o no la cortina del salón. Entender a Chencho es lo que le resulta infinitamente más difícil.

Misterios de la economía moderna

En fin, el Padrino y el Abuelo sí que saben de economía. Piensan que no se puede vivir como Carlos que, ciertamente, trabaja lo suyo pero le puede el idealismo, eso de gestionar ilusiones -la visión de lo lejos que llegarán sus hijos- y la esperanza de recibir una paga extraordinaria de Navidad por familia numerosa. «En Navidad todo el mundo se sale del presupuesto, gracias a eso prosperamos, misterios de la economía moderna», le dice tan fresco a Mercedes, su mujer, cuando hacen compras para las fiestas. Sobre todo, Carlos carece de un recurso importantísimo, como bien le dice uno de sus clientes: «Es lo único que le falta: tiempo, lo demás le sobra».

Sin embargo, la realidad es que entre todos hacen un buen equipo. Esto es lo fundamental, pues la mejor fórmula de éxito es tener ilusión y visión para ofrecer las mejores experiencias, junto con una gestión eficiente de recursos, siempre limitados. ¿El resultado? Tengo que hacer spoiler: encuentran a Chencho, que es lo importante. Y aunque finalmente no les llegue ninguna cesta de Navidad, reciben el mejor regalo: el ansiado televisor.

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